Tenemos derecho a cumplir con nuestros deberes – Por Javier Peres (Desde España)

Hemos vivido unos años de plenitud de derechos desde que se instauró la democracia en España. Y lo digo en pasado, porque se acabó, los derechos de las personas acaban de llegar a la cúspide de su campana de Gauss. Bienvenidos la era de los deberes.

Llevo muchos años siendo consciente de que en España lo más importante para la sociedad son los derechos. La frase “es que yo tengo derecho a…” es quizás una de las frases más usadas por el español común, alias Homo Hispalensis. Nuestros derechos y su reivindicación han marcado una época, una era de nuestra civilización, que está llegando, al fin, a su fin.

Una de las causas de esta crisis sea posiblemente la obcecación con los derechos mientras nos olvidábamos de nuestros deberes, cuando ambos conceptos en su justo equilibrio es lo que sustenta a una sociedad avanzada. Otra frase española, ésta mucho menos recurrida, es que “para exigir derechos hay que cumplir con los deberes“. De haberla repetido más quizás estaríamos más en la posición de Estados Unidos, Francia o Alemania. Pero esto es España.

Debimos haberlo visto venir cuando nuestros hijos nos comenzaron a faltar el respeto, mientras nos espetaban “y no me toques que te denuncio“. Estábamos perdiendo el rumbo justo en el momento en el que perdimos de vista el concepto del deber, anteponiendo a éste los derechos. Tampoco teníamos que inventar nada, los niños tenían muy bien definidas sus obligaciones y deberes desde 1978, cuando se aprobó por referéndum nuestra Constitución Española.

Pero no culpemos a nuestros hijos. Los niños, como los extranjeros que vienen a este país, siguen la máxima castellana “adonde fueres, haz lo que vieres“. Y eso es así aquí y en Pekín. También se conoce otra máxima, “hay que predicar con el ejemplo“. Culpemos a quienes han dado ejemplo, mal ejemplo. Nosotros. Y generalizo por cortesía aunque ni yo mismo me sienta aludido por mis propias acusaciones.

Nosotros somos los culpables de que un niño le robe a su padre y ante el enfado de éste el menor le conteste “no me toques que te denuncio“. Nosotros somos los culpables de que existan “trabajadores” que andan más preocupados de sus derechos como trabajador que de sus deberes para el trabajo que se supone que deben realizar.

Y esto último sí que no. Aquí ya estamos tocando las arcas del Estado, es decir, el futuro de nuestro país, y sobre todo el capital de los poderosos, motivo éste último por el cual en España va a haber cambios radicales. Estamos hablando de productividad y de la crisis que estamos viviendo. Veamos qué dice el Estatuto de los Trabajadores de España:

El trabajador debe cumplir con las obligaciones concretas del puesto de trabajo, con buena fe y diligencia, observar las medidas de seguridad e higiene establecidas, cumplir las órdenes e instrucciones del empresario en el ejercicio regular de sus facultades directivas, no concurrir con la actividad de la empresa, contribuir a la mejora de la productividad, y los derechos concretos que deriven del contrato de trabajo.

Yo siempre me he sentido un “bicho raro” en toda empresa donde he estado precisamente por sentirme con la obligación y deber de contribuir a la mejora de la productividad. Algo que a menudo se ha malinterpretado por mis propios compañeros de trabajo, o incluso digo más allá, se ha tomado como una auténtica amenaza: “éste que viene aquí a currar nos deja a nosotros como unos vagos e inútiles“. Y aquí si que tengo que culpar a mis padres. Por haberme infundado una serie de valores que, aunque otorgados con toda la buena voluntad y civismo que siempre les han acompañado, me han acarreado más problemas que alegrías.

Pero no sólo me he encontrado con “compañeros” vagos e inútiles, demasiados además, sino también con otra barrera más que existe contra la productividad, el propio empresario o cargos de responsabilidad dentro de la propia empresa. Un obstáculo más contra la productividad de este país que sin embargo no tienen la misma visibilidad que el resto. Podemos enumerar a multitud de perfiles, como por ejemplo el cargo que no quiere tener a ningún subordinado mejor que él mismo, no sea que le quite el puesto. O el típico empresario español, educado en una familia de bien, con conocimientos heredados de cómo manejar una empresa y multitud de contactos importantes, pero sin ningún tipo de habilidad para ser productivo ni para acometer un proyecto importante más allá de tener un Mercedes último modelo en leasing. Y qué decir de la herencia franquista: el enchufado. Ese lastre de España que se pasea por las oficinas de medio país cual alma en pena, con sueldos que dan vergüenza ajena, sobre todo si los comparamos con esas personas que se juegan la vida en el mar para poder tener una oportunidad laboral en nuestro país.

Basta ya de derechos, es hora de equilibrar la balanza y de poner al mismo nivel nuestros supuestos deberes, por nuestro bien, el de nuestros hijos, y el de este nuestro bendito país.

Copiado Integramente desde JavierPerez.eu

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